La Salita, viajar a través de lo que dicen los platos

 Artículo escrito por armario desordenado,
alter ego de Jose María Peris. Léanlo aquí.

Siempre me pasa. Supongo que eso es bueno. Igual que cuando te subes a un escenario o vas a hablar en público ante la gente, te sale ese nervio de dentro del estómago, que te recuerda que estás vivo y que no eres una máquina robotizada que vive a golpe de tuits y fotos con el filtro Valencia. Siempre me pasa, digo, cuando entro a un restaurante de los buenos, de los que hablan todos. Porque siento que voy a vivir algo bonito y me emociono previamente, supongo. Y con La Salita me ha vuelto a pasar.

La entrada fue a porta gayola, sin nada que me marcara qué platos iba a degustar, excepción hecha de una reseña de Vicent Molins en Bon Viveur, y la información que solicité por correo tuvo como respuesta un cálido ‘Déjate llevar‘ y un par de caritas sonrientes, que no hacían otra cosa que mantener ese nervio en mitad del tórax, bajando hasta no-sé-donde. Soy de los que defiende que para ir a comer a un sitio es mejor hacerlo entre semana, siempre que se pueda. El trato es más pausado, hay menos prisas porque, en teoría, hay menos comensales y puedes disfrutar más del entorno, fijarte en los detalles. Siempre que vayas solo, porque con compañía la conversación es necesaria para no ser descortés. Y un miércoles no es un mal día para hablar con los platos. O que ellos hablen y tú escuches.

No encontrarán aquí fotos de los platos, el lector avezado ya sabrá dónde buscar. Pero la presentación de los platos, con la vajilla jugando un papel importante en ellos, pone al mismo nivel tanto el continente como el contenido. Y eso divierte, que es a lo que hemos venido, diablos. El carro de las chuches, entrantes con forma de pequeños bocados servidos en un carromato clásico, casi como de juguete, que aplacan el hambre y amortiguan los tragos del cava de Hispano Suizas que le pedí a Miguel, encargado de hacer que mi estancia fuese lo más agradable posible, cosa que consiguió con creces. La ensalada con salazones, con esa forma de piscina verde que te obliga, gastropecado, a pedir pan para el culpable arte de mojarlo en el aceite.

Los pescados, cocinados con el cariño supuesto, y confirmado con los bocados, acompañados por verduras que combinan tan bien como un traje negro en cualquier jarana. Y esas ganas de poder probar el allipebre, como buen catarrojense, y debatir acerca de caldos, patatas y niveles de picante, visto y comido el trato dado a los branquiales animales. La locura del guiso del garrofón laminado, del que me llevaría una fiambrera llena. Y poder jugar con el paladar y romper las esferas de idiazabal, porque el queso siempre es ley. Y la carne, justa y jugosa. Y el postre, directo a la sala de juegos. Y ese plato de después con forma de arbol.

Luego, con calma, repasando y tecleando estas letras, caí en la cuenta de que me han hecho disfrutar con pescado, verdura (mucha) y carne. Solo me ha faltado el vaso de leche y las galletas para volver a aquellos años de pantalón corto y primerizos enamoramientos. Y de eso se trata esto de la mesa. De viajar. A lugares o a épocas, pero viajar, al fin y al cabo. Hubieron más cosas, más detalles. Pero han de permitir no mostrar los hilos para que entren en casa de Begoña Rodrigo a porta gayola. O casi. No se arrepentirán. Por cierto, no lleven sombrero blanco. Lo pueden confundir con un gorrón trasnochado y aquí somos todos gentes de bien.

c/ Séneca, 22 Valencia
Telf. 963 817516
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